lunes 2 de noviembre de 2009

Si no es por él...

El otro día comenté una colección de planos de ciudades muy prácticos, y mencioné el de Madrid. De éste, traigo un detalle del plano de la zona céntrica, junto al Palacio Real.

En este detalle podemos ver, justo encima de la Plaza de Oriente, en un lateral del trayecto que normalmente se seguiría para llegar al Convento de la Encarnación, quedando, por ello, un tanto relegados, los Jardines del Cabo Noval.

Como otros muchos nombres de los lugares de las ciudades, salvo para los vecinos más inmediatos, ya es una suerte que se sepa de su existencia; más aún saber del quién y del porqué del nombre.

Yo supe de la historia del cabo Noval, no por los libros de historia ni, mucho menos, porque lo explicaran en clase: lo supe por un tebeo, o cómic, como era la revista Trinca.

Entre otras series, como “Manos” Kelly y El Cid, el dibujante Antonio Hernández Palacios desarrollaba la titulada La paga del soldado, mediante la que ilustraba diversos hechos heroicos habidos en la milicia española. En concreto, en el número 46, del 15 de septiembre de 1972, relataba lo sucedido la noche del 28 de septiembre de 1909, es decir, hace un siglo, durante esa nueva guerra de Marruecos, más centrada entonces en El Rif y Melilla.

Esa noche no tenía por qué haber sucedido nada de especial, más allá de los nervios de unas guardias en puestos entre alambradas, ligeramente avanzados respecto a la posición principal. Cierta rutina, pues, en aguantar la imaginaria sin que nada suceda, y esperar el relevo; mientras, las rondas de los mandos para evitar distracciones y sustos.


Sin embargo, la posición se convirtió, sin quererlo ni esperarlo, en el objetivo de un ataque sorpresa. Los puestos avanzados se vieron obligados a replegarse hacia la posición, y entre ellos, el mando que se encontraba en plena ronda de inspección: el Cabo Noval.



Tras ayudar a unos soldados, se queda rezagado intentando cruzar la alambrada por otro lado. En el intento, es capturado. Sólo que en vez de ser hecho prisionero y como tal llevado a la retaguardia, se ve utilizado como “llave” para cruzar las líneas, al ser, lógicamente, conocedor del santo, seña y contraseña.

Así sucede, y tras el grito de “¿Quién vive?”, el cabo contesta con el ‘santo’ que esa noche y a él, correspondía gritar: “¡Fuego aquí amigos, que son los moros!”.

Y él fue el primero en caer bajo su propia orden.




En 1912, el Ayuntamiento de Madrid no parece que pusiera muchos problemas a que se erigiera el monumento, cuya importancia se refleja en que fue obra de Mariano Benlliure. En el monumento hay dos lápidas principales: en la peana, al frente, se puede leer “Iniciado por mujeres españolas, se eleva este monumento a la gloria del soldado Luis Noval. Patria, no olvides nunca a los que por ti mueren”; en la segunda, nos resumen lo sucedido, y que tuvo como recompensa la Cruz Laureada de San Fernando.

Es famoso el adagio latino de “Dulce et decorum est pro patria mori”. Pero, como acaba la historia gráfica, “aquel «si no es por él…» es, ellos lo saben bien, la mejor paga para el soldado”.

Así pues, quien se acerque por estos jardines, aunque sea un momento, puede recordar al Cabo Luis Noval y a todos los que, por su profesión o movilizados obligatoriamente, decidieron cumplir con su obligación moral más allá de lo que les exigía el deber.

Sobre todo ahora que los que rigen la Patria encuentran como primera obligación (inmoral), la de olvidar.

domingo 1 de noviembre de 2009

La Historia al teatro,... y la tradición a la Historia

Continuaba la competencia de los teatros del Príncipe y de la Cruz, dirigidos por Romea y Lombía, y continuaba yo comprometido á escribir sólo para el de la Cruz, mientras en su compañía conservara su empresario á Cárlos Latorre y á Bárbara Lamadrid. (…)
Ya Lombía, á imitación de Romea, tenia una antecámara en la cual se reunian sus autores favoritos y sus amigos íntimos, como los de Julian en el saloncito del teatro del Príncipe. De aquel venian algunos que escribian para ambos teatros, y que como Hartzenbusch y García Gutierrez no formaban pandillaje; porque su talento, formalidad y reputación, les habian ya colocado muy encima de todo mezquino espíritu de partido. Yo no iba nunca al saloncito del Príncipe é iba poco á la antecámara de Lombía, pero asistia contínuamente á mi palco de proscenio para estudiar mis actores, y bajaba en los entreactos á saludar a Carlos Latorre y á la Bárbara, las noches que trabajaban. Aquella era de Lombía; en el primer entreacto me aboqué con él en su cuarto y trabamos inmediantamente conversación, presentes Hartzenbusch, Tomás Rubí, Isidoro Gil y no recuerdo quiénes más. Hé aquí en resúmen nuestro diálogo:

Lombía. – La empresa espera de V. un señalado servicio.
Yo. – Debo servirla según mi contrato y según mis fuerzas.
Lombía. – Sabe V. que es costumbre que las funciones de Noche-Buena sean beneficio de la compañía, repartiéndose sus productos á prorata entre todos sus actores y empleados según su clase. (…) Sabe V. que Cárlos Latorre no toma nunca parte en las funciones de Navidad, so pretesto de que en le género cómico de estas alegres representaciones no cabe el suyo trágico; de modo que cobra y se pasea desde Navidad á Reyes. Queremos que comparta este año con nosotros el trabajo de tales dias, y no hay más que un medio con el cual se avenga, y es, que se le escriba una pieza nueva, y la empresa ha pensado en V.


Así relata el autor de sus memorias el ambiente teatral del momento en que, digámoslo así, fue retado a escribir un drama para un objeto concreto, y para una fecha determinada.

Yo. – Estamos á 13, y por breve que sea el trabajo…
Lombía. – Deberia estar concluido el 17; copiado y repartido, el 18; estudiado, el 19 y el 20; ensayado el 21 y 22, y representado el 24.


Tras el correspondiente forcejeo dialéctico, se llegó al final de la conversación:
Lombía. – Propuesta aceptada.
Yo. – Pues hasta el 16 á las siete.


Y así:
En tal dia y en tal hora, concluido mi trabajo, volví á presentarme en el teatro de la Cruz, donde Hartzenbusch, Rubí y algunos otros de quienes no me acuerdo, me esperaban con Lombía, que tenia sobre la mesa una Historia de España”

Resuelta la propuesta, y quedó todo dispuesto:
Sin reflexionar, tomé mi sombrero y dije saliendo tras él de su cuarto: «Mañana á estas horas quedan Vds. citados para leer aquí un drama en un acto. – Buenas noches.
–¿Apostado? me gritó Lombía dirigiéndose á los bastidores.
–Apostado: me darán Vds. de cenar en casa de Próspero ; respondí yo echándome fuera de ellos por la puerta de la plaza del Ángel.
Poco trecho mediaba de allí á mi casa, núm. 5 de la de Matute: poco tiempo tuve para amasar mi plan, pero tampoco tenia minuto que perder.


Los extractos están tomados, como los de hace un año, de la obra Recuerdos del tiempo viejo, editada en 1880, en la Imprenta de los Sucesores de Ramírez y Cía, de Barcelona, y al igual que entonces, se ha respetado, como se ha podido observar, la ortografía de la época.

Estas líneas ilustran el ambiente teatral del Madrid todavía romántico del XIX: las amistades, el empuje y trabajo (empresarial, es decir, privado), los retos,… Sí, eso tan fuera de lugar en este siglo XXI: ¡hay que ver lo que hace el cambio de sitio de un palito…!

Hace un año ya comenté en estas páginas la actual “tradición” en perjuicio de otra con siglo y medio de presencia. En esta ocasión, en los recuerdos al personaje en cuestión, se me han adelantado dos personas (cuyos diarios están enlazados en la columna de la derecha).

Así pues, yo, como entonces, he recordado al autor y... a su casa.



Aunque hay algo que…, como si no sólo la tradición fuera lo que se ha hubiera perdido…

viernes 30 de octubre de 2009

¿Hay alguien ahí?

Hace un año publiqué una anotación sobre algo que había sucedido tal día como hoy (y como el de hace un año, claro). El problema es que me extendí demasiado sobre otro tema y tuve que concluir de la siguiente guisa:
Pero en realidad, quería comentar algo sobre cierta efemérides del día (en concreto, del de hace 70 años), pero se me ha hecho tarde.

(Había un estrambote final, que, espero, ahora no proceda).
(Tras esta introducción, entremos en faena)

No hubiera creído nadie que las cosas humanas fueran observadas en los últimos años del siglo XIX aguda y atentamente por inteligencias superiores a la del hombre y mortales como la de éste.

Esto es lo que publicó Herbert George Wells en 1898, según la edición de zero-zyx de marzo de 1979 en su colección Biblioteca «Promoción del Pueblo», con una introducción de Víctor Claudín.

Estas palabras se hicieron famosas cuarenta años después, o lo habían sido cuarenta y un años antes, según se vea. De hecho, la introducción de Claudín comienza recordándonos ese acontecimiento:

Un día de octubre de 1938, exactamente a las 20,00 horas del 30, una emisora de radio neoyorkina, la Columbia Broadcasting System, (CBS), lanzaba a las hondas (sic) un programa que marcaría un hito en la historia radiofónica.

Esa emisión, naturalmente, tenía un guión, que, conviene señalar, no era obra de quien se llevó la fama por la emisión. Aquél era de Howard Koch, y consistía en una adaptación radiofónica de la novela de Wells; éste era el director del Mercury Theatre y primer actor del grupo, y respondía al nombre de George Orson Welles.

Hoy sabemos que en los primeros años del siglo XX nuestro mundo estaba siendo observado por unos seres más inteligentes que el hombre y sin embargo igual de letales.

Estas fueron las primeras palabras de Orson Welles esa famosa noche, según la traducción de Carlos Reyles, en edición del año 2005 de Abada Editores en su colección Voces.

La adaptación estaba estructurada, como la novela, en dos partes. La que causó más impacto, lógicamente, fue la primera. Y no era para menos: justo antes del intermedio lo que se oía eran los intentos desesperados de un operador de radio para establecer comunicación con Nueva York.

¿Hay alguien ahí?”. Estas palabras todavía consiguen transmitir la desesperación de quien ve cómo poco a poco quienes tendrían que estar en primera fila combatiendo al enemigo dejan de responderle, y se da cuenta de que le llega el turno de saltar a esa primera fila de combate.

Los ecos de estas palabras, setenta y un años después, siguen resonando ahora, sin respuesta clara, no en las llanuras de Nueva Jersey o en las calles de Nueva York, sino en la séptima planta de Génova, 13.

martes 27 de octubre de 2009

Naranjas... de Valencia

Hace tiempo supe (o creí saber) que el famoso Barrio Francés de Nueva Orleáns no era tal, sino más bien español, de cuando Luisiana pasó de la corona de Francia a la de España como compensación por la pérdida de la Florida en virtud del Tratado de Fontaineblau. Importante apoyo territorial y militar para los Padres Fundadores durante la Revolución americana (o sea, la Guerra de Independencia de Estados Unidos), posibilitó, con el famoso y por aquí olvidado “Yo solo” de Gálvez, la recuperación de la Florida (e incluso la pre-fundación de Memphis y todo ese extenso camino del sur) hasta que Napoleón insistió lo suficiente, y volvió a la corona, esta vez imperial, francesa.

Todo esto viene a cuento de que el otro día, aquí en Valencia, no en Nueva Orleáns (la foto del Cabildo es de la wiki, de Wikid77 sobre un original de Infrogmation), cruzando la Alameda hacia el centro, junto al puente de las Flores, reinando un relativo silencio para el lugar que era, me llamó la atención un extraño golpe sordo justo cuando pasaba al lado de un imponente árbol.

Como no llevaba especial prisa, me detuve intentando averiguar el origen de tal enigma. Tras breve espera, se reprodujo el sonido, aunque esta vez sí fui testigo de la causa: la caída al suelo de un fruto del árbol en cuestión.

Excitada la curiosidad, averigüé al cabo de poco tiempo que se trataba del único ejemplar en Valencia de naranjo de Luisiana, ejemplar hermoso, pues alcanza cerca del triple de altura de lo habitual.


El caso es que el fruto, aun cuando pudiera denominarse naranja, más bien me recordó otra cosa muy distinta: no las naranjas de Valencia, sino los eventos de Valencia.

Lo que me permite cerrar el círculo comentando nuevamente la grandeur: Roland Garros no fue famoso por el tenis, pues sólo era un aficionado a él. Esto lo traigo porque, en efecto, el fruto del árbol más parece una pelota de tenis, y esta vez es lo que toca en Valencia: tenis.

Panem et...

Desde que lo denunció hace unos dos mil años Juvenal, mediante su afortunada expresión “panem et circenses”, la fórmula ha tenido éxito a través de su oportuna adaptación a los tiempos.

El “pan y circo” incluso ha visto modificada la expresión. En España, en el siglo XIX lució su tipismo con la modalidad “pan y toros”, llegando a ser, en 1864, el título de una zarzuela de Barbieri.

A mediados del pasado siglo, también en España, se generó la expresión “pan y fútbol”, manteniendo sus connotaciones iniciales, pues en España, al menos, la expresión, con un texto u otro, es una denuncia de la actuación del gobierno que ofrece al conjunto del pueblo alimentación y diversión con el objeto de que se olvide de la actividad política.

Lo cual no deja de ser una manipulación “buenista-rusoniana” de la expresión original. Juvenal no critica precisamente al gobierno, sino al pueblo, quien en vez de esforzarse en construir una poderosa civilización (como sí hizo siglos atrás), se dedicaba entonces a esperar las bondades de los emperadores, en forma, sólo, de dos cosas: pan y circo.

Lo que, salvo el latín, resulta algo dramáticamente actual.

Y eso que, por mucho que se anuncie en una pizarra que vi ayer por la calle, pan, ya veremos, pero de lo otro,… más bien, no hay.

lunes 26 de octubre de 2009

Para el hilo del tiempo... una aguja

Hace un año, con la excusa del cambio de hora, publiqué una anotación sobre un totum revolutum que, precisamente respecto a unas expresiones latinas, había en mi memoria.

En esta ocasión, la excusa será algo poco habitual como son los relojes cuya esfera está, diríamos ahora, en formato “24 horas”, que presentan la ventaja de tener que ajustar sólo una manecilla. La excusa la tenemos ilustrada con relojes de este tipo que pudimos apreciar durante nuestra reciente estancia en Venecia.



Tenemos, naturalmente, el reloj que da nombre a la torre, en la Plaza de San Marcos, y a continuación el que se encuentra en San Giacomo di Rialto (del que dicen que, instalado en 1410, nunca ha destacado por su puntualidad) y, tal vez, pues ahora ya no recuerdo bien, el del campanario de Santi Apostoli (y si no, quien lo sepa, que hable ahora o calle para siempre).

Pero cerremos la anotación volviendo parcialmente al párrafo inicial, gracias a un reloj de sol que existe a la entrada del Arsenale, donde, además de apreciar las líneas astronómicas (solsticios y equinoccios) y los signos del Zodiaco que marcan, con esos momentos, el inicio de cada una de las estaciones (Aries, Tauro, Libra y Capricornio), podemos ver lo anticuado del mismo, pues no sólo el texto está en latín (la traducción la dejo como deber escolar), sino que habla de la patria.

sábado 24 de octubre de 2009

D3A

Hace algo más de cinco años, con la excusa de la onomástica de mi segundo nombre, una amiga me regaló El ocho, de Katherine Neville. Aunque el libro es interesante y atrapa (de hecho, aprovechando que al día siguiente era domingo, me leí la mitad del libro), no lo recuerdo ahora para hacer una reseña, sino para hacer referencia a uno de los personajes pueblan la trama: se trata de la persona real de A.D. Philidor, maestro del ajedrez.

Esta persona escribió la obra Analyse du jeu des échecs, cuya segunda edición, “considérablement augmentée”, se publicó, en francés, en Londres en 1777. No sé si hubo una anterior, pero sobre 1916 publicó José Paluzie y Lucena su obra Primer libro del ajedrecista, en la que se incluía una traducción de la de Philidor.



Aunque hubo obras, también españolas, muy anteriores, como por ejemplo, la del famosísimo Ruy López (y su apertura Ruy López o española), titulada Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez. Publicada en Alcalá en 1561, se encuentra disponible en edición facsimilar publicada por París-Valencia. O, por ejemplo, El libro de los juegos, de mediados del siglo XIII, del rey Alfonso X el Sabio.



Sin embargo, entre el rey y el resto de los maestros y expertos mencionados se produjo un cambio importante en las reglas del ajedrez. Cambio cuyo ejemplo es el título de esta anotación, jugada integrante de la antedicha apertura Ruy López: el movimiento de la reina o dama (D) hasta el tercer escaque de la columna del alfil (del rey) supone un desplazamiento en diagonal a una casilla no contigua (en concreto, dos casillas).

Como ya he comentado por aquí, finalmente conseguí las entradas para asistir al simposio internacional sobre ajedrez y al “match” entre Karpov y Kasparov”. Sin embargo, sólo el primer día pude asistir a las sesiones del simposio.

Las ponencias de ese día, precisamente, hacían honor al lema del simposio: “Valencia. Cuna del ajedrez moderno”. Y es que, mientras que en sus orígenes, la dama tenía un desplazamiento similar al del rey, parece que, según la documentación disponible, fue en Valencia donde se modificó la regla, haciendo que la dama se desplazara en todas las direcciones, filas, columnas, o en diagonal, sin más límites que los propios del tablero o la presencia de alguna otra pieza.

Según expone José Antonio Garzón, “el documento original donde se crea la Dama o Reina y en el que por primera vez se describe su movimiento es el poema 'Schachs d’amor', de 1475, aunque no menos importante es el 'Llibre del jochs partitis del schachs', obra del segorbino Francesch Vicent, el primer tratado de ajedrez publicado en el mundo”. Es más, incluso hay un aspecto, al menos, emocionante, pues el libro de Vicent “probablemente sirvió para dar clases a Lucrecia Borgia”.

En resumen, esta obra “es el santo grial del ajedrez”, y “hablar del origen valenciano de este deporte, qué duda cabe, es reivindicar el nacimiento del ajedrez moderno para España y hacerlo también del que probablemente es el mayor acontecimiento cultural valenciano de todos los tiempos, pues cada día que pasa su legado se engrandece.

La última ponencia del día tenía por título “La grandeza de la nueva dama poderosa valenciana”, y señalaba como posible referencia para esta dama poderosa del ajedrez la “dama poderosa” que esos años representaba la reina Isabel la Católica.

En resumen, no puede decirse que lo aportado por estas ponencias no fuera, cuanto menos, curioso.

Y tras una breve pausa,… comenzó el match.

Piano, piano, si va... con plano

Ya estaba oscuro cuando crucé Rialto, camino de lo que habría jurado que era el campo que yo buscaba. ¿Un plano de la ciudad? ¿Yo? Por favor, yo no era una turista, ¿por qué había de llevar plano? Yo era la amiga de unos venecianos, que iba a cenar a casa de otros venecianos, ¿qué falta me hacía un plano?

Media hora después, por casualidad, salí a campo San Giacomo dell’Orio, y me puse a buscar la pequeña calle que descendía hacia el canal (…) Todas las calles me parecían iguales. (…)
Finalmente, volví al campo y pregunté en un bar dónde vivía Giuliano, el joyero. Cuando por fin llegué a mi destino, me excusé por el retraso con una mentira –naturalmente– y los presentes nos aplicamos a la importante tarea de beber y comer.


Esto nos cuenta Donna Leon en el prólogo a Paseos por Venecia con Guido Brunetti, obra escrita por Toni Sepeda (editada por Seix Barral), a modo de guía de la ciudad tomando como referencia las novelas de Donna Leon protagonizadas por el comisario Brunetti, veneciano de familia, nacimiento y vitalidad.





Un mes ya, el día de la Merced, que tuvimos mi hermano y yo la propia de llegar a Venecia. Aceptemos que éramos turistas…
por lo que llevábamos un plano de la ciudad.

Hace años, en un viaje no recuerdo a dónde, mi hermano se encontró con unos planos de ciudades muy apañados, coquetos y, sobre todo, prácticos. Durante un tiempo, sólo estaban disponibles en el extranjero (de hecho, mi plano de Madrid lo compré en Londres). Ahora ya llevan unos dos años disponibles en España, editados, sí, qué se le va a hacer, por El País-Aguilar.

Como sugiere el nombre, se trata de un plano autodesplegable de un modo tan sencillo como es… abriéndolo. Para un mejor manejo y utilidad, no se trata de un plano único, sino de dos: el de la derecha a una escala que permite abarcar un ámbito más céntrico de la ciudad, mientras que el de la izquierda cubre un área mayor, aunque, naturalmente, manteniendo un carácter, digamos, turístico (por ejemplo, en el caso de Madrid, el plano céntrico va desde el Palacio Real al Retiro y de Atocha a Colón, y el más general, desde el Parque del Oeste a la M-30 y de Atocha al Bernabéu.)

El caso es que de todos los turistas con que nos cruzamos durante nuestra estancia allí, sólo localizamos uno pertrechado con un plano tan cómodo y útil como éstos.

No obstante, hay que reconocer que Venecia está bien señalizada, bueno, quiero decir, que dispone de múltiples indicaciones relativas a lugares de referencia (básicamente tres: San Marcos, el puente de Rialto y la Estación de Ferrocarril). Estas indicaciones tal vez sean caseras, o convenientes para los que pasean meditabundos mirando al suelo.



Finalmente, es reconfortante saber que en Venecia, incluso las indicaciones se impregnan de filosofía: dado que su existencia se debe a las dudas de los paseantes, hay algunas indicaciones que lo tienen asumido.

miércoles 21 de octubre de 2009

La del 21

Ajeno yo de toda zozobra, iba paseándome por el lindo campo de Chiclana hacia el mediodía del 20 de octubre, cuando un hombre del pueblo, encontrándome, y saludándome con la cortesía entonces usada fuera de poblado, y queriendo entrar conmigo en conversación, cosa no rara en la franqueza española, me preguntó si no iba al altillo de Santa Ana a ver salir la escuadra. Sorprendióme la noticia y puse en duda su certeza, pero se ratificó en su dicho quien me la había dado, afirmando que decía lo que había visto. Corrí entonces, desalado, a la altura y vi el espectáculo bello para considerado en otras circunstancias, pero en aquéllas dolorosísimo para mí y aun para personas menos interesadas en la suerte de aquellos marinos: el mar, poblado de numerosos buques de gran porte, navegando a todo vela, ciñendo el viento, largas las banderas y en ademán de ir a provocar al enemigo.
Volví apresurado a mi casa, di la fatal noticia. Dispuso mi madre que mi tía y yo fuésemos a Cádiz al día siguiente, y así lo ejecutamos. Era el día 21 de octubre de 1805, funesto para España, y para mí en grado sumo.
Emprendí, pues, mi viaje, que fue por tierra, en un calesín a uso de aquel tiempo. Al atravesar el arrecife que va de la isla de León (hoy San Fernando) a Cádiz, descubríamos desde allí la extensión del mar por la parte del Sur, abarcando la vista allí hasta el Estrecho de Gibraltar, y las aguas vecinas del cabo de Trafalgar, que es uno de los extremos en la tierra que le forma, lugar donde entonces mismo estaba dándose la acción de recordación tan funesta, aunque a la par gloriosa. Divisábamos a lo lejos, bien que algo envueltos en nieblas, buques de la armada. La tarde estaba serena, pero no despejado el horizonte; la mar, sin gran movimiento, y el sol, ya declinado, pero todavía distante del ocaso, ni brillaba con toda su luz, ni estaba oculto por nubes. Nos pareció que había humo cerca de los buques; pero a tanta distancia era imposible distinguir qué era humo y qué era niebla.
Llegamos por fin a Cádiz; era por la tarde. Pasé a casa de un amigo, y no bien había entrado, cuando viniendo otro que lo era de ambos, sin reparar en mi presencia, gritó: «Subamos a la torre, porque la de vigía ha hecho señal de
combate a la vista». Inútil era el disimulo, porque yo había oído el terrible anuncio; y así, corrimos todos a la torre, siendo la de la casa en que estábamos una de las más altas y espaciosas entre las muchas que tienen las casas particulares de aquella ciudad, a la cual sirven de especial adorno vista desde lejos.
Las numerosas torres de Cádiz, y hasta las azoteas, desde las cuales algo del mar puede descubrirse, estaban atestadas de gente, de ésta gran parte armada de anteojos de larga vista, instrumento muy común en los gaditanos, para quienes es registrar el mar y las naves que le surcan agradable y constante recreo. Seguía sereno el tiempo, si bien con algunas, pero no claras, señales de cercana borrasca. De las escuadra se veía poco, porque la envolvía, hasta ocultarlas, una espesa nube de humo. Pero en las claras hubo de aparecer algún navío desarbolado, dando indicio de hacer sido recio el combate, pues el viento, hasta entonces manso, y la mar poco o nada picada, no podían haber causado tales averías. De súbito, una vivísima llamarada iluminó el mar próximo al horizonte; vióse entre la luz como la figura de un navío, y desapareciendo al momento la espantosa claridad, un tremendo estampido vino muy en breve a anunciar que un navío se había volado. Aun en los indiferentes, si alguno lo era del todo, hizo grande efecto tal espectáculo, mayor que en los demás en mí, como era natural; y con ello, y con ir oscureciendo, bajamos inquietos o afligidos de la torre.
Cerró la noche, que lo fue de horrosa incertidumbre, y no sólo para los inmediatamente interesados en la suerte de los que iban en la escuadra, sino aun para lo general de las gentes, a quienes movía toda clase de buenos y nobles afectos, entrando en éstos el del patriotismo.
La tarde había sido serena, pero el horizonte estaba cargado de negras nubes y con señales de borrasca. Rompió ésta con furioso ímpetu en el discurso de la noche, bramando a la vez el viento y el mar alterado. Nada podía saberse, pero todo parecía triste y funesto. Fue corto e interrumpido mi sueño, y poco después de amanecer estaba ya levantado. Vestíme y salí a la calle. Era el temporal de los más recios, zumbando el viento con ráfagas terribles y cayendo copiosa lluvia. Al asomar las gentes a ver la furia de la tempestad, descubría la vista cinco navíos de línea españoles, fondeados en lugar muy inseguro por no haberles permitido el temporal tomar bien el puerto, desmantelados en gran parte; en suma, mostrando señales de la dura pelea que en el día inmediatamente anterior habían sustentado. También aparecía uno u otro navío francés. A más distancia, cuando rompía a trechos y por cortos instantes la espesura de las nubes el furioso viento, se divisaban aquí y allí más navíos, de ellos algunos desarbolados, sin vérseles la bandera, luchando con las olas, y no pudiendo saberse ni quiénes eran, ni cuál sería su suerte. No obstante ser peligrosa y aun difícil la comunicación por medio de embarcaciones pequeñas en tan recia marejada, pudo al fin irse a los navíos anclados. Entonces empezaron a divulgarse los pasados sucesos. El combate había sido terrible, tremendo, y grande el destrozo de nuestra escuadra y de la francesa, si bien se afirmaba con poca verdad haber sido mayor el de los ingleses. Aún corría la voz de haber sido nuestra la victoria. Nombrábanse los navíos presentes a la vista, entre los cuales no estaba el
Bahama, ni por lo que pude averiguar, se tenía noticia de su suerte.
Llegónos al cabo la hora de cambiar nuestra incertidumbre por la seguridad de nuestra desventura. Hubo de ser el 30 ó 31 de octubre, esto es, nueve o diez días después del combate, cuando mi hermana de poca edad, que asistía a una academia de niñas, al volver a casa nos dijo que, teniendo por costumbre la directora del establecimiento preguntar a las niñas que tenían parientes cercanos en la escuadra, si de ellos habían recibido noticias, al hacer la pregunta a las hijas del teniente de navío don Roque Buruceta, había recibido por respuesta haberse sabido aquel mismo día de su padre; y como también averiguase en qué navío iba éste embarcado, respondieron que en el
Bahama. No perdimos en enviar a casa del citado oficial a un criado, el cual volvió muy pronto con las fatales nuevas que debían presumirse. La muerte de mi padre, hoy olvidada ¡porque todo se olvida en España!, y también porque los gravísimos sucesos de que poco después fue, ha sido y sigue siendo teatro esta infeliz nación, llamaron y llaman la atención pública a otras hazañas y desventuras, en aquellos días dió motivo a hablarse mucho en su alabanza. Contábase su resolución de perecer, como si estuviese seguro de su tragedia. En efecto, tocando a nuestro pariente el guardia marina don Alonso Butrón estar en la bandera al hacer un ligero almuerzo, cercano ya el enemigo y próximo el combate, mi padre le había dicho con disculpable arrogancia: Cuida de no arriarla aunque te lo manden, porque ningún Galiano se rinde, y ningún Butrón debe hacerlo. Encargo cumplido en todo, pues herido el joven, tuvo que retirarse, y tocó a otro guardia marina hacer la dolorosa señal que ponía al navío en manos del enemigo victorioso. Sabíase que antes de la herida mortal había recibido mi padre dos, y que siendo una de un astillazo en la cara, corrió de ella tanta sangre, que se le aconsejó y aun encargó como necesario pasar abajo para restañarla por algunos instantes, a lo cual se negó él con obstinación, no queriendo desalentar a la tripulación con su ausencia.
Otra circunstancia, si no realzaba su valor, daba a su trágico fin cierto color dramático y tierno. Sabíase que, estando con el anteojo en la mano, el viento, fuertemente movido por una bala, se lo derribó sobre cubierta; que había acudido a recogerlo y dárselo el patrón de su bote, muy querido de él, como lo había sido de mi tío Juan María, cuya falúa había gobernado algunos años; que un instante después una bala había partido por medio a este infeliz patrón, salpicando con su sangre y despojos a su comandante, y que muy en breve otra bala había acertado a éste en al cabeza, llevándole la parte superior y dejándole muerto en el acto, con lo cual, cayendo de nuevo el anteojo, dijeron los circunstantes, con el humor festivo que aún en tales trances de peligro y amargura no falta a los militares, que no convenía cogerlo, por ser de mal agüero tenerlo en la mano. Recogióse el cadáver de mi padre y llevóselo abajo, cubierto, para ocultar su muerte a los que la ignoraban, temiendo que con saberla entrase el desaliento. Pero todo fue inútil, pues herido el segundo comandante y recayendo el mando en el citado Buruceta, tuvo éste que dar la orden de arriar la bandera, porque en el estado del navío persistir en la defensa era inútil y casi imposible. ¡Tal fue el trágico fin de don Dionisio Alcalá Galiano, cuyas prendas y heroicidad no parecerá mal que recuerde y encarezca un hijo ufano de serlo! Del concepto en que era tenido da testimonio más de un recuerdo de aquellos días, citándose, al tratar de la aciaga jornada de Trafalgar, su pérdida y la de Churruca, como de las mayores desgracias de aquella grande y común desventura.


Relato confeccionado con párrafos de Recuerdos de un anciano y Memorias, de Antonio Alcalá Galiano [hijo de Dionisio Alcalá Galiano, brigadier de la Real Armada, al mando del navío Bahama, de 74 cañones], obras incluidas en Obras escogidas. Volumen I. Según edición de Jorge Campos. Tomo octogésimotercero de la Biblioteca de Autores Españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días. Editorial Atlas (Madrid-1955)